martes, 9 de agosto de 2011

London calling

Fuego en las calles, noches de cristales rotos. ¿De dónde salen esas hordas que queman, golpean y destruyen? La flemática Inglaterra ya no toma el té de las cinco, sino que tiembla asaeteada por epilépticos ahogados en Red Bull. Una fuerza devastadora irrumpe en la tienda de electrónica y arrambla con portátiles y plasmas. El furor organizado por las redes sociales una vez más, proclaman quienes se enredan con los teclados, interrogándose sobre quién maneja los hilos; pero en esta ocasión la conexión es inalámbrica. El apocalipsis va a llegarrrr, balbuceaban los arrabales ebrios desde la city. Sesudos analistas buscan una explicación que le dé forma al caos. Estallido social para cambiar el ipod y la blackberry. La humanidad siempre tentada por un apple que nos traslada al paraíso artificial, donde la mayor expulsión sería quedarte sin saldo o cobertura. ¿Estallan en pedazos los escaparates de las librerías? Emoticonos furiosos que fomentan la ira, que la crisis no puede reciclar, porque los contenedores están llenos y el servicio de recogida bajo mínimos. Con una mano tecleando y con el mazo destrozando. Hooligans de trofeo de estío, que pugnan por hacerse con la mejor cabellera, aunque las crestas punkies sean anacronismo de souvenir. El magnetismo del hastío de las rebajas sociales y educativas que atrae a los polos industriales. Si la única pedagogía que aumenta el presupuesto es la del consumo, consumemos el pillaje, que no podemos quedarnos rezagados para septiembre. God save de Queen; ella sí que sabe. Mi reino por salir en youtube. El movimiento se demuestra quemando. A cientos de millas, un adolescente que huyó desde Somalia, contempla las imágenes del primer mundo en un polvoriento televisor de un campamento de refugiados y murmura: Vaya, ya no somos trending topic en Twitter.

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