
¿Qué tendrá Marbella? ¿qué tendrá la costa?, cantaban los Chichos en uno de esos sonsonetes de tómbola de verbena de barrio en noches de ventanas abiertas; rumbas tan flamencas que, ay, deberían ser típicas de Flandes. Sonidos que el tiempo lleva a convertirse en clásicos del verano, como aquel que llegó a gobernador civil: degenerando ¿Qué tendrá el verano que saca lo peor de todos nosotros? Te asomas a la ventana catódica y es un vomitorio de estulticias, que no sabes si la arreglará la TDT o el TNT. Los cientos de Españas y Andalucías en directos, los reporteros callejeros, impactos, muestran imágenes que son un reflejo de una realidad, distorsión de espejos cóncavos; aunque, en este callejón sin salida, casi preferiría ser cegato. Paisajes y paisanajes en horrísona coyuntura, ¿o ya es estructura?, playas y romerías campestres; domingueros imantados por las domingas; entierro de la sandía para celebrar a don carnal; cuerpos que se enharinan para pasar por la freidora o la barbacoa, aceitosos sumisos, decidme en el alma: quién, quién levantó los chiringuitos. Georgie Dan el vate del estío. Don José se convierte en Pepito Piscinas: para desinfectarlas, mejor el cloroformo. Siempre nos quedará Gran Prix. Costas dregadas y construcciones, al mejor costo; el hormigón convertido en termita que devora. Contra la plaga extra, spray que sólo dejará el esqueleto: a moverlo pues, en danza macarra, coreografía de costillas mojadas, que la muerte también puede llevar cadenas de oro y bermudas a la segunda residencia. Los titulares del ronaldiario nos muestran a todos cristianos, que sí hay moros en las costas. Los termómetros marcan cuarenta grados a la sombra. No produce asombro que suframos una insolente insolación; mientras, los aires acondicionados nos escupen al pasar por la calle.